HISTORIA EN EL DELTA

La Intensa actividad portuaria y comercial de la zona en la segunda mitad del siglo XIX origina que en 1865 se extendiera hasta la estación Tigre el recorrido del ferrocarril, uniendo así la Capital con estos bellos parajes. Así, a comienzos del siglo XX el delta de Tigre se convierte en el primer destino turístico de la oligarquía porteña. Sin embargo, con el paso del tiempo su perfil fue cambiando lentamente así como también su público. Pero aquellos tiempos de esplendor dejaron su impronta en los estilos arquitectónicos de muchos edificios en los que aún hoy se pueden revivir los aires parisinos y venecianos que fascinaron a los sectores privilegiados de la sociedad.

El Tigre Hotel vivió sus días de gloria en las primeras décadas del siglo XX y después de un largo período de decadencia renació en 2006 luego de una restauración de diez años. El gran salón y casino se inauguró el 13 de enero de 1912 con una gran fiesta donde hubo manjares de todo tipo y bailes de tango y foxtrot. El Tigre Hotel funcionó hasta 1933, año en que una intempestiva ley clausuró la ruleta para erradicar los juegos de azar de la provincia de Buenos Aires. Con el cierre del casino, el palacio pasó del esplendor al abandono, casi sin transición.

Desde el Paseo Victorica se distinguen sus tejados de pizarra francesa gris con cúpulas rematadas en aguja. Un parque con glorietas y jardines rodea el palacio junto al río, cercado por una gran reja negra de hierro forjado. El rasgo más singular es la galería con columnata blanca que se extiende hasta el río, un increíble embarcadero de lujo donde el visitante se sumerge a pleno en la estética de la Belle Epoque como si estuviese en un rincón del mismísimo París. En el salón del primer piso –donde están los cuadros del museo– llaman la atención las columnas estucadas, una araña de 1500 kilos de bronces y caireles, y un maruflage decorado con sensuales ninfas.

En los antiguos salones de baile del Tigre Hotel se exponen ahora cuadros de arte figurativo de finales del siglo XIX y XX. La muestra abarca diferentes períodos de la pintura nacional con obras de Benito Quinquela Martín, Juan Carlos Castagnino, Fernando Fader y Raúl Soldi. Hasta se pueden ver obras del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró, un habitué del delta desde hace más de 25 años.
En Tigre sobreviven algunas casas del período colonial que son una muestra fiel de aquella arquitectura primitiva y reposada que introdujeron los religiosos españoles. Esas líneas simples y sin alardes dejaban traslucir también algo del duro rigor germánico, de la dulzura italiana y del florilegio lusitano. Y un buen ejemplo es el Museo de la Reconquista, ubicado en la calle Liniers 818. Esta vieja casona tiene una planta rectangular y un patio central rodeado de cuartos. Entre los rasgos coloniales del edificio se destacan las tejas musleras hechas "a la gamba" sobre el muslo de los albañiles. La casona fue construida en 1802 y reconstruida exactamente igual en 1945. Allí pasó la noche del 4 de agosto de 1806 el capitán Santiago de Liniers luego de desembarcar justo enfrente de la casa para preparar el ataque sobre Buenos Aires, que había caído en manos inglesas. Por esa misma razón el lugar es hoy el Museo de la Reconquista, donde se exhiben los uniformes militares del Cuerpo de Blandengues, de los Patricios, los Húsares y los Cazadores a caballo.

El área que circunda la plaza Rivadavia –a pocas cuadras del museo– es una de las más ricas arquitectónicamente dentro del casco histórico. Una muestra es la iglesia de La Inmaculada Concepción –en Liniers 1560–, levantada originalmente en 1750 y reconstruida en 1881 con estilo neocolonial. En la esquina de Esmeralda y Liniers permanece en pie una casa de estilo colonial puro donde funcionó la aduana del puerto del Pago de las Conchas, que estaba sobre el río Reconquista. La casa fue construida alrededor de 1800 por orden de Martín Sagastume, un miembro de la Cofradía de las Almas Benditas del Purgatorio. El edificio conserva todavía los techos cañizos –cañas atadas con tientos de cuero–, tejas musleras, muros de 70 centímetros de espesor y una doble puerta esquinera con un pilar en el centro y dos hojas que se pliegan sobre sí mismas, una verdadera rareza colonial de las cuales quedan muy pocas en todo el país. Esta casa es una de las últimas construcciones coloniales puras que sobreviven en Tigre, ya que a fines del siglo XIX los porteños desdeñaban las influencias del período español. Con el gobierno de Rivadavia se comenzaron a adosar fachadas italianas a las viejas casas coloniales. Y más tarde, con Sarmiento –quien llegó a aborrecer la arquitectura española– todo lo que parecía colonial fue descartado y muchos edificios demolidos.

Alrededor del año 1830 los porteños de clase alta descubrieron las bondades del Tigre y de ese submundo que fluye llamado Delta, donde comenzaron a construir casas de veraneo al estilo europeo. El crecimiento fue lento hasta que el 1º de enero de 1865 llegó el primer tren desde Retiro con lo cual este tranquilo paraje llamado en su momento "Pago de las Conchas" cobró un ritmo inusitado para la época. El auge de Tigre se vio potenciado por las epidemias de cólera y fiebre amarilla que azotaron Buenos Aires y espantaron a sus habitantes. Se edificaron casas tipo "chorizo" y los porteños de alcurnia levantaron villas italianas que más tarde dieron paso al pintoresquismo anglo-francés. Algunas –la mayoría en pie hasta el día de hoy–, son verdaderos palacios donde salvo los ladrillos, casi todo era importado de Europa incluyendo los planos que se encargaban a arquitectos extranjeros que jamás llegaban a ver su obra.
El casco histórico está en Tigre continental, doce manzanas encerradas por los ríos Tigre, Luján y Reconquista, frente a la Estación Fluvial.

Paradojas del turismo: el viejo lujo renovado de Tigre ya no es sólo para verlo desde afuera, ya que hoy algunas de esas casas ofrecen alojamiento. La más suntuosa es Villa Julia, ubicada sobre el Paseo Victorica. Esta aristocrática mansión con aires de neoclásico italiano fue construida en 1913 por el Ingeniero Maschwitz. Tiene tres pisos con exteriores revestidos en piedra París y alcanza con poner un pie dentro del edificio para sumergirse de lleno en el ambiente suntuoso de la "Belle Epoque". Las luces de la galería con columnas toscanas se encienden todavía con sus llaves originales, unas palancas giratorias de baquelita con marcos redondeados de bronce. Las escaleras que conducen a los cuartos conservan sus sujetadores de alfombra forjados en bronce y los espaciosos baños son un verdadero museo de arte decorativo hogareño: mayólicas policromadas de estilo romano, una ducha con forma de flor de porcelana y 20 centímetros de diámetro, una gran bañera con patas de león y un inodoro Briton considerado casi una pieza de arqueológica.
La casona Villa Julia dispone de cuatro habitaciones y un gran espacio público con vitreaux multicolores, pisos de mosaico pompeyano, un comedor que se extiende hasta la galería abierta y un piano de cola que le da el toque final al ambiente de comienzos del siglo XX que emana de cada rincón. Alrededor hay un jardín con palmeras, un camino de rosas blancas, una profusión de calas y agapantos azules y una pileta climatizada al aire libre.

Otra posibilidad de hospedaje en casonas antiguas es el Tigre Hostel, ubicado sobre la calle Posadas al 1860. Se trata de una alternativa bastante lujosa para ser un hostel, pero con precios acordes en las habitaciones compartidas y precio de hotel en las privadas. Esta casona señorial es una de las más antiguas de Tigre, levantada en 1867 por la familia Elliot. Hace unos años la casona se estaba viniendo abajo e iba a ser demolida para levantar un dúplex, pero se salvó a último momento cuando la compró un arquitecto con intención de reciclarla. El estilo inglés es lo que más llama la atención, con un frente en galería convertido en jardín de invierno, techos a muchas aguas con fuerte pendiente, un patio interno de casa romana ahora techado –hacia el cual dan las habitaciones–, paredes de 40 centímetros de grosor, piso de madera pinotea y sofisticada carpintería de puertas y ventanas de 4 metros con sistema de guillotina, boisserie de roble, arañas de cristal y molduras en los techos.

Uno de los atractivos principales de Tigre continental es su tradicional Puerto de Frutos, una gran feria a cielo abierto que ha ido evolucionando con los cambios del Delta. Está a orillas del río Luján y se construyó en 1933 como un mercado donde los quinteros de las islas vendían su producción de frutas, verduras y mimbre. Actualmente se concentran en una dársena del puerto las lanchas almacén que abastecen a los habitantes de las islas, las chatas flete que transportan madera y materiales de construcción, y las lanchas turísticas.

Con los años la producción agrícola del Puerto de Frutos ha ido pasando a segundo plano y predomina ahora la manufactura artesanal de toda clase de productos. Una de las estrellas es el mimbre y se lo puede adquirir en la calle Dársena 2, donde se ofrecen los productos de la Cooperativa Los Mimbreros, que agrupa a más de 200 socios. Con ese material se producen desde muebles hasta ingeniosos juguetes. Pero la lista de todo lo que se puede comprar es prácticamente interminable: antigüedades, quillangos, un elefante de madera de la India, máscaras balineses, pajareras, pantuflas, duendes y llamadores de duendes, decoración feng shui, ropa de bambula, de cuero, deportiva o hindú, ruanas y chalinas e imágenes de Buda y Tutankamón, todo de producción artesanal.

Fuentes: Página/12 y Revistainfotigre