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En nuestra cultura se encuentra fuertemente enraizado el concepto mágico de que el medicamento inexorablemente contribuye a resolver, e incluso prevenir, nuestros habituales problemas de salud.
La sociedad en su conjunto y la comunidad docente como referente ineludible en la formación de sus integrantes, acepta como algo natural que el atributo “remedio” es un sinónimo perfecto del término medicamento.
Han sido relevantes los aportes que han hecho los medicamentos al desarrollo de la investigación básica y clínica de las ciencias relacionadas con la salud, en los últimos 60 años. Sin embargo, es más difícil afirmar que cada uno de los medicamentos disponibles en la actualidad ha contribuido con la misma significación a mantener o mejorar la salud de la población en su conjunto y/o la de los individuos que los utilizaron en particular.
¿Un bien Social o Comercial?
Concebidos como producto tecnológico a escala industrial, promoviendo sus reales o hipotéticos beneficios, los medicamentos han generado en nuestros días un poderoso mercado del orden de los 520.000 millones de dólares anuales facturados por los laboratorios medicinales en el mundo.
Detrás de lo que el imaginario colectivo encuentra en el medicamento se esconden intereses contradictorios entre los actores que rodean este objeto de la cultura que acompaña al hombre como sujeto histórico desde sus comienzos.
Propiedad intelectual y patentes, ganancias de la producción y distribución e incentivos económicos ofrecidos a todos los actores, aparecen como antagónicos con los derechos del paciente, y la necesidad sanitaria real de la población.
Recordemos que a los medicamentos, tal como los conocemos hoy, solo acceden en el planeta un tercio de sus habitantes, esto significa más de 4.000 millones de personas no tiene asegurado el acceso a medicamentos y vacunas indispensables.
Un bien esencial
Sin dudas que en este conflicto de intereses, los del paciente y su grupo familiar son los que deben prevalecer a la hora de tomar decisiones de cobertura desde la Seguridad Social y la Salud Pública.
Desde esta concepción se escriben estas líneas y con el objetivo de potenciar la capacidad de los compañeros afiliados al SUTEBA de intervenir en la selección de los medicamentos que resulten
¿Peor el remedio?
Además, resulta cada vez más claro y evidente que los fármacos, utilizados con el objeto de controlar las manifestaciones nocivas de una enfermedad o modificar su curso natural, sistemáticamente producen “efectos indeseables” y con una frecuencia considerable se pueden convertir en algo “peor que la enfermedad” como muy bien sabe quien se expone al uso de un medicamento.
Como de poner el cuerpo se trata, debemos asumir que siempre que recibimos un medicamento estamos corriendo un riesgo que muchas veces es conocido sólo después que el medicamento es consumido por varios miles o millones de personas, por lo que la percepción de sus beneficios y riesgos iniciales (cuando se lo aprueba para uso en humanos) puede variar en el tiempo.
La reciente retirada del mercado mundial de rofecoxib (* Vioxx) a cargo del Laboratorio Merck Sharp & Dohme por producir efectos cardiovasculares graves relacionados con caso mortales entre los que utilizaban el fármaco, es un ejemplo claro.
¿Tomar más de uno? ¡No, gracias!
Siguiendo en esta línea de razonamiento, cabría preguntarse si el riesgo se incrementa cuando alguien consume más de un medicamento.
La respuesta obvia es Sí.
Este interrogante simple, realizado ante la necesidad de recibir un nuevo medicamento mientras estamos consumiendo otro, encuentra una contundente respuesta basada en observaciones científicas que han determinado que la posibilidad de padecer reacciones adversas por medicamentos, es mayor cuando:
se consumen 2 o más fármacos (a mayor número mayor riesgo),
cuando más edad tenemos (en general cuando más “viejos” somos más medicados estamos)
y cuando mayor es el número de profesionales que nos asisten (por la misma o por diversas causas).
¿Siempre medicamentos?
Debemos recordar que existen medidas de indudable valor terapéutico que no implican la prescripción y uso de medicamentos, que resultan indispensables para prevenir y/o tratar la mayoría de nuestros problemas de salud, que además exigen de nuestra parte compromiso y voluntad para alcanzar el objetivo propuesto.
Paradójicamente readecuar nuestra dieta, comenzar una actividad física pautada, suspender o restringir hábitos nocivos, adecuar periodos de actividad laboral y descanso, proponernos conductas saludables resultan “remedios” muy importantes.
Por citar un solo ejemplo, es conocido hoy que realizar una actividad física regular junto al aporte de vitamina D y calcio es tan “efectivo” como utilizar cualquiera de los fármacos comercializados para prevenir y tratar la osteoporosis en la mujer posmenopáusica sin antecedentes de fracturas.
Este beneficio se alcanza con menores riesgos (se evitan reacciones adversas) y a menores costos.
¡Ud. tiene que tomar este medicamento!
De este modo, y ante la posibilidad de recibir un medicamento propuesto como solución inexorable, debieran surgirnos interrogantes ineludibles tales cómo ¿por qué? y ¿para qué?, es decir, cuál es la razón y el supuesto beneficio a alcanzar con el medicamento para convencernos de su real necesidad.
¿¡No existen otras medidas terapéuticas?
El concepto del beneficio buscado y su significación representan la razón que puede justificar correr los riesgos conocidos y desconocidos que siempre encierran los medicamentos.
Lógicamente, ahora nos asalta la siguiente pregunta ¿es posible que al recibir un medicamento estemos expuestos a riesgos innecesarios esperando un beneficio hipotético?
Los beneficios siempre se nos plantean como un objetivo a cumplir y por ende son razonable y responsablemente hipotéticos. La incertidumbre será resuelta cuando verifiquemos la presencia del beneficio esperado.
La probabilidad de que un fármaco sea capaz de producir dicho beneficio, se basa en que ello se encuentre comprobado con metodología seria (rigor científico).
La capacidad de que un fármaco se muestre inobjetablemente eficaz para mejorar el dolor, curar con menos síntomas molestos una úlcera, erradicar una infección, debe estar verificada en pacientes con un problema de salud análogo al nuestro, y de características comparables a las nuestras (por citar algunos factores: edad, sexo, condiciones medioambientales, patologías concomitantes, entre otros).
Por lo tanto, resultará lógico asumir que en tanto el beneficio a alcanzar esté comprobado científicamente (eficacia) parece razonable correr los riesgos conocidos considerados aceptables.
Como consecuencia del recorrido hasta aquí realizado, y habiendo recordado ya la gran utilidad e importancia de terapéuticas no farmacológicas, el atributo cultural de “remedio” debemos reemplazado por el de medicamento útil, seguro y necesario según las definiciones señaladas antes.
¿Todo medicamento es útil?
Surge una última e ineludible pregunta: todos los medicamentos disponibles en el mundo y en particular en la Argentina, en tanto sean seleccionados y utilizados por el profesional que nos asiste adecuadamente, es decir para la situación de salud en la que están recomendados ¿se comportan según esta última definición?.
Todavía se comercializan en el país medicamentos cuyos beneficios no han sido probados, y otros numerosos cuyos beneficios reales se limitan a una indicación puntual y se proponen para numerosos problemas de salud donde, ni siquiera han sido evaluados aún.
Por citar un ejemplo: la publicitada utilidad para diversos y frecuentes problemas de salud de la ingesta regular de vitamina C, en comprimidos o sobres adicionales a nuestra dieta habitual, carece de sustento científico y se acompaña habitualmente de reacciones adversas importantes.
La Organización Mundial de la Salud considera medicamentos esenciales a aquellos que cubren las necesidades de atención de la salud prioritarias de la población.
A cada cual según necesidad
Resulta obvio que las denominadas patologías crónicas (hipertensión arterial, diabetes, asma, entre las más frecuentes) merecen especial atención.
Recientes disposiciones a nivel nacional han elevado al 70% de un precio de referencia promedio por medicamento la cobertura de fármacos destinados al tratamiento de enfermedades que requieren del uso permanente o recurrente de medicamentos.
La gestión de PROBLEMAS SALUD, mirando al sujeto que padece y no el producto de mercado (MEDICAMENTO ) que circunstancial o definitivamente necesite enmarca la mirada sanitaria de SUTEBA sobre la carga de enfermedad, que tenemos los compañeros docentes.
SUTEBA se encuentra analizando la cobertura de medicamentos destinados a PATOLOGIAS CRONICAS para favorecer su cobertura. Se prevén mejoras en la gestión de prestaciones farmacéuticas y la mayor difusión e información disponible para sus beneficiarios.
Es reconocido en todo el mundo que la transparencia y la competencia de precios no son las características salientes del mercado farmacéutico.
La capacidad del paciente o su representante en el momento de seleccionar el producto comercial de cada medicamento que su médico en el Centro de Salud o especialista le indique y la información que le proporcione el farmacéutico al respecto, resultará vital para la cobertura final que cada afiliado obtenga.
Material producido por:
Guadalupe Soulages – Farmacéutica, Asesora de Suteba
Constantino Touloupas - Médico Farmacólogo, Asesor de Suteba
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